Las infancias y las adolescencias, al estar todavía en crecimiento, son los grupos que resultan más afectados de estos laberintos de videos, impulsos que los hacen adictivos.
Por Delfina Márquez Izurrieta (Estudiante de Relaciones Internacionales; Norberto de la Riestra)
La velocidad con la que integramos a las redes sociales como parte esencial de nuestras vidas resulta algo aterradora. Pareciera que pasamos de un primer momento casi primitivo, con computadoras gigantescas y apenas canales de mensajes, a un boom imparable de aplicaciones, likes, publicaciones de todo tipo e inteligencia artificial ¿Qué se nos perdió en el medio?
Todo el tiempo estamos conectados de alguna forma. Generalmente se piensa que esa conexión es con otras personas, pero nos estaríamos salteando la relación más compleja y olvidada: el humano y el aparato.
Sería clarificador si el celular o cualquier otro dispositivo se limitara solamente a funcionar, pero, como todo invento, hay muchas personas por detrás. Hay equipos enteros que se dedican a meter cualquier tipo de actividad en solo un touch en la pantalla. ¿Querés tocar el piano? ¿Leer un libro? ¿Juntarte con tus amigos? Todo eso lo podés hacer sin moverte.
El celular pasó de ser una herramienta a casi una extremidad. Ya se habla de deformaciones genéticas futuras en las manos, los pies, todo por el gran impacto que estas tecnologías tienen en nuestra existencia.
Uno de estos cambios en particular está tomando centralidad este último tiempo: Las redes sociales en las infancias. Los noticieros están llenos de secciones que se dedican a hablar de cómo los niños no prestan atención en la escuela, cómo cada vez se las ingenian más para usar inteligencia artificial, cómo mantienen en secreto crímenes de cyberbullying, grooming o ludopatía. Lo curioso de la cuestión es cómo, mientras estas tragedias no estén en los titulares principales, los niños no son vistos necesariamente como víctimas.
¿Cuánto podemos exigirles a los niños?
Es tan sencillo pensar que porque naciste en un contexto donde estas tecnologías ya están instaladas, la persona sabe cómo manejarlas a la perfección. Cuando es notable un problema persistente de falta de atención y el crecimiento del plagio, es incluso más fácil culpar a estas mismas personas de que, al final, no eran tan “cancheras” con los aparatos como creían. Casi como un castigo por haber nacido en estos tiempos. Para algunos, incluso, es casi automático pensar que estas mismas infancias son las responsables por el gran impacto y la gran cantidad de consecuencias de las tecnologías en la humanidad.
Ahora bien, si miramos para el otro lado: cuán difícil y complejo debe ser intentar vivir como niño, teniendo que enfrentar desafíos interminables sin que nadie te ayude o te explique cómo funciona o debería funcionar.
Lo interesante de toda esta discusión, donde nuevamente se juzga a las infancias por su condición de infante, es que tenemos algunas respuestas. Tanto las aplicaciones que los niños usan como las diversas funciones de publicación de contenido fueron producidas por equipos adultos. Es notable el gran esfuerzo por las múltiples herramientas de cada aplicación, pero no tanto en los controles parentales, trabas por edad o filtros de precaución. Además, tenemos al personaje principal de cualquier red social: el algoritmo. Estas son reglas que analizan procesos y deciden qué publicaciones aparecen como recomendación, cuándo y en qué orden. Tal vez parezca algo ingenuo, pero el rol que cumple el algoritmo es el que hace que estas redes sociales se transformen en consumo vicioso de contenido.
Así está diseñado
Cualquier aplicación con algún tipo de función de deslizar videos hacia abajo, modalidad que están adoptando más de una, se crearon en base a un modelo de máquina de casino o bucle lúcido, en el que, intrigado por seguir bajando cada vez más, no puedas cortar cuál será el último.
Seguramente, si cada uno se pone a pensar en su relación con las redes sociales se puede sentir identificado con esto al menos una vez. Lo crucial es entender el funcionamiento y consumo de estas plataformas como adictivas. Esta cualidad no es propia o natural de la humanidad, sino un estímulo de las aplicaciones para consumir en masa. Las infancias y las adolescencias, al estar todavía en crecimiento, son los grupos que resultan más afectados de estos laberintos de videos, impulsos que los hacen adictivos.
Mientras el problema se observa con mucha frecuencia en los grupos más vulnerados, es fácil caracterizarlos de débiles, de “zombies”. Lo que no es fácil es intentar hacerse responsable por los altos niveles de exposición que están sufriendo estas personas en pleno crecimiento. Estos niños van a ser adultos, pero los responsables por su cuidado ya lo son. Si la base algorítmica de una plataforma de videos en línea es adictiva y semejante a los bucles del casino, ¿La culpa puede de alguna forma recaer en los niños expuestos a su consumo?
¿Hay escape?
El llamado es de ayuda mutua entre generaciones. Podemos aprender entre todos, pero para eso necesitamos eliminar nuestros prejuicios previos. Las infancias son justamente eso, infancias. Para protegerlas hay que entender que el mundo va cambiando, y con él deberían hacerlo las formas de cuidarnos, enseñar, entender y comunicar.
Ninguna tecnología es una enemiga si sabemos cómo utilizarla, cómo sacarle el provecho en todo lo que necesitamos sin dejar de pensar o criticar las formas en el camino.
Cuando damos todo como “dado”, dejamos de analizar lo que, de repente, no nos parece sano o divertido. La tecnología puede facilitarnos algunos aspectos de la vida, pero no debería quitarnos la capacidad de decidir cómo vivirla.
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