El mayor acto de independencia es reconocernos como parte de una misma historia y decidir tejer lo que sigue juntos.
Por Delfina Márquez Izurrieta (Estudiante de Relaciones Internacionales. Norberto de la Riestra)
América Latina. No solo dónde vivimos, sino lo que somos. 33 países independientes y alrededor de 20 territorios dependientes. Podríamos hacer más diferencias, lo que normalmente sucede en la Academia, pero ninguna distinción es más fuerte que lo que nos une. La Historia no es completa si no vemos perspectivas, y el pasado común de nuestro hogar no es excepción: La Colonización.
No es posible hablar o entender Latinoamérica sin ese proceso tan invasivo, que no dejó rincón sin tocar. No solo es crucial de este lado del mundo, sino también para África, Asia y Oceanía.
Estos procesos son idealizados muchas veces por quienes los ejecutaron, quienes decidieron la forma de enseñarlos, de mostrar resultados. Lo que no reconocen es la cantidad de violencia, sangre y la huella que dejaron en la región. Esta historia no es una corta, ni exclusiva de un momento, sino una serie de hilos que se unen y entrelazan formando algo más grande.
Nadie comprende mejor los problemas estructurales que parten del pasado colonial que los que habitamos aquí, que vemos el día a día de cómo los países más poderosos del globo nos dan la espalda. No seamos ingenuos de pensar que las colonias no existen en nuestros tiempos, que los conflictos coloniales no condicionan la libertad de algunos en la región. Notemos cómo los términos de cualquier tipo de intercambio, ya sea comercial o humanitario, no son iguales para ambas partes. Ahora bien, si ellos nos están dando la espalda, ¿No deberíamos estar más unidos que nunca?
El foco de las críticas
Lo que debemos entender, mientras las naciones más poderosas nos tienen dando vueltas de un lado para el otro, es que nosotros también somos grandes. Que sin la presencia de nuestro territorio y los demás, las grandes potencias no serían mucho de lo que demuestran hoy. Si hacemos oídos sordos, pensando que en algún momento va a venir alguien a garantizarnos seguridad completa, nos estamos mintiendo a nosotros mismos y nos estamos aislando de la solución más cercana, hermana y humana: nuestros países vecinos. Siempre van a existir diferencias, pero, nuevamente, lo que nos une es más fuerte.
En estos últimos días, el discurso “anti-argentino” se hizo muy popular. Esto no es novedad para el mundo, donde la nación que queda en el centro de las críticas, hasta la próxima novedad, se va transformando. Lo curioso es que este foco nunca se encuentra en las grandes potencias, que nos hacen enfrentarnos entre nosotros, que nos hacen criticar otros países, hermanos en pasado colonial, en otros continentes. Ni siquiera se encuentra en las élites locales, en políticos específicos, sino en todo el país, sus ciudadanos y su cultura.
Las críticas del momento hacia la Argentina a nivel internacional, que provienen de las grandes potencias, no es que somos un “país racista”, sino el “más racista de todos”. Muchos hermanos latinoamericanos deciden sumarse a esta ola de comentarios, sin entender que la próxima víctima podría estar en cualquiera de ellos, pero nunca del lado de los grandes. Es interesante observar cómo países que tuvieron leyes claras de segregación y exclusión durante mucho tiempo nos señalan como lo hacen. No olvidemos, un famoso proverbio chino dice que al señalar a alguien con un dedo, tiene otros tres, de su misma mano, apuntados hacia ella.
La clave es la identidad
Argentina tiene acuerdos en cuanto a la integración de la población negra esclava incluso antes de la declaración de la independencia en 1816. Esto fue específicamente en 1813, con la libertad de vientres. De 1853 a 1860, con la inclusión de Buenos Aires en la Constitución, se completó con el proceso de abolir la esclavitud de cualquier persona en territorio Argentino.
Si bien siempre hubo desacuerdos y discusiones, hacia 1994 el país reconoció la preexistencia de los pueblos originarios, adoptando otras legislaciones internacionales con el paso del tiempo. Más allá de las críticas, el compromiso argentino con actuar sobre las fallas en la integración de cualquier grupo no nace solo de legislaciones, sino de los mismos grupos de ciudadanos que reclamaron sus propios derechos, de voces que fueron oídas y visibilizadas. De igual manera, reconocer estos avances históricos no implica negar los episodios de discriminación o las deudas pendientes.
El mestizaje, lejos de ser un simple dato al pasar, es en nuestra región una verdadera declaración política que nos define como una sociedad internacional regional única. Esto no debe ser utilizado como crítica, sino como una marca de la colonia que nos atraviesa a todos los que compartimos ese pasado colonial por igual. Estas uniones deberían ser la estrategia que reconozca que, en este sistema, la única forma de dejar de solamente acatar las normas de las potencias es aceptando que nuestra fuerza reside en esa complejidad que nos hermana.
Al focalizar en las fallas de naciones individuales, las potencias logran que el debate se centre en nuestras incapacidades, ocultando que el orden internacional mismo es una jerarquía diseñada para categorizarnos y condicionarnos. Nos señalan y nos ponen etiquetas para que gastemos nuestras energías defendiéndonos de nuestros propios vecinos, mientras ellos evitan explicar cómo su propia estabilidad se construyó sobre violencia y explotación en la periferia. Es una trampa discursiva: nos juzgan con estándares que ellos mismos no cumplieron, pero que imponen para mantenernos en un lugar de subordinación.
Todo nos une
Nuestra fragmentación no es un accidente, es una herramienta. A los centros de poder les beneficia que nos miremos con recelo, que compitamos por las migajas de su aprobación o que nos sumemos a sus campañas de desprestigio contra un país hermano.
Volver a la colonización no es un ejercicio de nostalgia, sino un acto de supervivencia para entender la marca que ese proceso dejó en lo que somos hoy. Esta historia no termina con la independencia, sino que persiste en la forma en que los grandes nos dan la espalda y en cómo se nos intenta aislar cuando buscamos un camino propio. Si los poderosos se esfuerzan tanto en resaltar nuestras diferencias, es porque saben que una Latinoamérica unida es la mayor amenaza a su control.
Latinoamérica no necesita construir una identidad común: ya la tiene. Está escrita en un pasado compartido, en sociedades atravesadas por el mestizaje, en desafíos que se parecen más de lo que solemos admitir y en un futuro que difícilmente pueda alcanzarse en soledad. Comprendamos el origen de las divisiones que aún persisten para dejar de reproducirlas.
Tal vez, el mayor acto de independencia que nos queda está en reconocernos como parte de una misma historia y decidir tejer lo que sigue juntos.
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