Pollas en Avenida Rivadavia en General Alvear, Circa 1940
Por Lis Solé
¡Qué jornadas tan dichosas y llenas de emociones hemos vivido en nuestro querido Alvear con motivo del 95º aniversario de la Independencia!
Todavía nos dura el entusiasmo en el pecho. Desde muy temprano, cuando el sol apenas asomaba en el horizonte, la banda de música despertó al pueblo recorriendo las calles con alegres dianas. Con mamá y las chicas nos apresuramos a alistarnos, contagiadas por el eco del Himno Nacional que se ejecutaría en la Municipalidad al izarse la enseña patria. A las diez de la mañana, nuestro templo parroquial, aquel que estaba donde ahora está la Municipalidad, lució colmado para el solemne Te-Deum. Entre el recogimiento religioso, el estallido vibrante de las bombas y los sones de una marcha triunfal que hacía latir el corazón, salimos hacia el salón municipal. Allí, entre saludos de las sociedades extranjeras, vecinos y autoridades, compartimos un animado lunch donde los brindis patrióticos no se hicieron esperar.
Pero la verdadera fiesta de la destreza comenzó a las dos de la tarde con la tradicional corrida de sortija. ¡Había que ver lo que eran esos balcones municipales, tomados literalmente por asalto! Desde allí arriba, las distinguidas señoritas del pueblo -entre quienes divisamos a las de Olano, Villarías, Moya, Taboada, Vallier, Orella, Viders, Siones y López-, custodiaban con celo la docena de primorosas sortijas de oro destinadas a los campeones.
¡Y qué campeones!
Abrió la marcha nuestro admirado amigo don Gregorio Palomeque. Es un gaucho de ley, un domador respetado por todos en la región; daba gusto verlo clavar las espuelas de plata en los hijares de su brioso tordillo, lujosamente aperado a la usanza criolla. El caballo lanzó un bufido y voló en una carrera limpia mientras Gregorio, con pulso firme, se sacaba la sortija haciendo flamear las cintas en el aire ante el aplauso cerrado del pueblo.
Luego corrió el simpático Félix Mathet, un excelente jinete que jugaba de local -pues es estanciero e hijo de nuestro Intendente, don Teófilo-, luciendo un espléndido mestizo de carrera; le siguió Vásquez en su alazán y de la Vega, que pasó como el viento. Tampoco se quedó atrás Martín Amestoy con su actitud desafiante característica, haciendo gala de una equitación perfecta al adiestrar a su oscuro, ni el joven Torres Haedo, hijo de nuestro Comisario don José Haedo, quien en su pintado tobiano dio cátedra de coraje haciéndole brotar espuma de las fauces al animal.
En apenas una hora se alzaron con las once sortijas. Para el final, Félix Mathet nos hizo dar un grito: simulando atar la última sortija al arco para engañar a los demás, levantó a su caballo en dos patas y lo lanzó en una carrera furiosa por las calles de la plaza, sobrando a todos los que lo perseguían sin alcanzarlo y llegando solo a la sortija.
¡Una maravilla! La tarde cerró con una polla largada a cuatro cuadras donde, al grito de ¡Ahí vienen!, Palomeque cruzó la meta con el pingo al freno y sostenido, ganándose el tercer premio de la tarde.
Al caer el sol, el frío se volvió verdaderamente reinante, de ese que cala los huesos, pero las ganas de bailar pudieron más. A las diez de la noche, las puertas de los salones municipales se abrieron para el gran baile oficial. Aunque algunas familias se abstuvieron de ir por las bajas temperaturas, para nosotras fue una noche colmada de brillo. La orquesta, dirigida de forma irreprochable por el maestro don Juan Ozán -¡qué milagros hace ese buen hombre con la música en tan poco tiempo!-, nos hizo gastar las suelas.
Mamá nos cuidaba de cerca con la mirada, atenta a cada pieza y a cada saludo, mientras Zelmira, Paquita y yo no nos perdíamos detalle del salón. Lo más comentado de la noche y que acaparó todas las miradas, fue la “temporada” tan sentida y sensual que bailó el joven Carlos J. Torres con la encantadora señorita de Olano. ¡Qué buena pareja hacen! Se veían tan compenetrados en la pista que en el salón ya nadie habla de otra cosa: todos murmuran que muy pronto recibirán la bendición del cura Mimendia en el altar.
La velada se extendió hasta la madrugada gracias a la generosidad del Intendente Mathet, a quien se le debe el éxito absoluto de estos festejos que han reavivado el civismo de General Alvear. Volvimos a casa cansadas, con las faldas ruidosas, comentando cada carrera, cada mirada del baile y guardando en el alma este Julio de 1905 que tardará mucho en borrarse de nuestra memoria.
(Crónica basada en una noticia del 15 de mayo de 1905, Diario El Pueblo de Saladillo. Corresponsal Camilo de Sola).
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