Rusia y el ¿último? intento del Imperio Romano

Por Delfina Márquez Izurieta (Estudiante de Relaciones Internacionales, de Norberto de la Riestra)

A 5 años de la guerra ruso-ucraniana, a más de uno nos sigue llamando la atención, no solo que se sigan disputando conflictos del estilo en pleno siglo veintiuno, sino que los medios de comunicación más famosos e incluso funcionarios importantes hayan dejado de hablar sobre lo que está pasando.

Ni en televisión ni en redes sociales se ven noticias de esta guerra, que, lejos de terminar, cada día se intensifica más. Lo preocupante es que pareciera que el mundo está mirando para un costado, que es más fácil pensar en la guerra ruso-ucraniana, y también en todas las demás, como algo más corriente, diario, incluso formal para la sociedad de todos los países involucrados, las verdaderas afectadas en estos procesos.

Es por esto que es más crucial que nunca tener en cuenta el origen de estos intereses ¿De dónde proviene la voluntad del presidente ruso, Vladimir Putin, para seguir con este conflicto? ¿Por qué, ante tanta ayuda proporcionada por las naciones vecinas, esta guerra todavía no tiene fin? ¿Cuándo arrancó realmente el conflicto? Empecemos por uno de estos aspectos. En el siglo dieciséis, el monje ruso Filoteo de Pskov mencionó en su carta: “Dos Romas han caído, la tercera permanece y no habrá una cuarta”. Acá te lo explico.

Las tres Romas

El Imperio Romano, tal como lo estudiamos, se terminó de crear en el año 27 a.C. y llegó a tener en su poder 5 millones de kilómetros cuadrados, aproximadamente 40 naciones europeas actuales y una décima parte de Asia. El fundamento y origen del imperialismo romano vino de la mano de conceptos como “universalidad”, “paz”, “orden” y “superioridad”, con la idea de que era Roma quien, en su condición de civilizada y con el derecho de actuar sobre los demás, podría establecer la paz al apoderarse de todo el territorio. El “poder” como algo central no tuvo su propio enfoque hasta que figuras conocidas por todos, como Julio César, Augusto, establecieron que el Imperio no solo daba seguridad, sino también prestigio, riqueza y control sobre los demás.

Cuando el Imperio Romano se divide en Occidente (Roma) y Oriental (Bizancio), se funda la “segunda Roma”. El Imperio Bizantino es el que más refleja esta idea de poder como central, dado que adoptaron el cristianismo ortodoxo como una de las justificaciones más intensas del poder supremo del emperador.

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Con la caída de Roma, los intereses imperialistas ganaban cada vez más peso sobre la parte Oriental, que también terminó por caer ante el poder de los otomanos y, en menor medida, de los reinos germánicos que iniciaban en Europa. Esta caída dejó los intereses imperialistas romanos perdidos, en busca de un nuevo centro, un ancla donde crecer nuevamente.

Es en este punto donde aparece Moscú. Primero un pequeño principado medieval, empezó a crecer de la mano de la iglesia ortodoxa cristiana, la misma de Bizancio. Todo da un giro con el príncipe Iván III “El grande”, quien, tras la caída de Constantinopla, se casa con una descendiente bizantina, adopta símbolos y ceremonias del imperio, y termina por presentarse como el heredero de todo este poder. Esta es la idea central de Moscú como la “tercera Roma”, idea religiosa y con gran enfoque en el poder ruso, que, aunque pueda parecernos lejano a la actualidad, sigue atravesando los discursos de los funcionarios rusos más altos.

¿Cayó el Imperio?

La Revolución Bolchevique de 1917 parecía romper con este viejo orden zarista, religioso e imperial. Los bolcheviques rechazaban explícitamente la monarquía, la Iglesia y la idea de “la tercera Roma”. En teoría, la Unión Soviética debía ser internacionalista y revolucionaria, no un imperio nacional ruso. Tal vez fue muy difícil soltar el poder una vez que vieron lo que tenían.

En la práctica, muchos de los patrones antiguos siguieron usándose, lo que podemos ver en la historia rusa hasta nuestros días, con el presidente ruso, Vladimir Putin, que profundiza más el recuerdo de este pasado imperial para justificar la nueva expansión rusa y del poder de la nación por sobre el antiguo imperio.

Parte de esta percepción histórica imperialista rusa hace que el gobierno de Putin piense que Ucrania es un derecho a reclamar, cuando en realidad es un Estado soberano con políticas propias. Este conflicto niega la identidad ucraniana, que si bien en algunos aspectos puede ser similar, tiene su propia lengua, cultura y movimientos políticos que lo convierten en independiente.

En un mundo donde cada vez nos sorprende aún más que este tipo de conflictos siga vigente y se intensifique, es central recordar los orígenes de estos intereses, no solo para comprender mejor la realidad de todas las personas que habitamos el planeta, sino para desarrollar nuestras posturas, empatía y no olvidarnos de que estas guerras no empiezan ni terminan cuando las cámaras las miran.

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