¿Quién ocupa la portada? El futuro que elegimos recordar

Por Delfina Márquez Izurrieta (Estudiante de Relaciones Internacionales; Norberto de la Riestra)

La velocidad con la que las imágenes de las calles europeas inundan nuestras pantallas en los últimos días resulta impactante. Noticieros en horario central, hilos interminables en redes sociales, portadas de diarios internacionales y videos virales nos muestran a una Generación Z movilizada, enfrentando cordones policiales y paralizando las principales capitales del continente europeo.

El sábado 17 de octubre, cientos de miles de personas marcharon por toda Francia y el Ayuntamiento de Limoges terminó en llamas. La imagen dio la vuelta al mundo en cuestión de horas. Ante semejante despliegue de cobertura, a más de uno le puede parecer estar presenciando un fenómeno inédito, un momento único en el que la juventud decidió tomar las riendas del debate público.

Sin embargo, la cuestión que debería llamarnos la atención no es solo la fuerza de estas protestas, sino la memoria selectiva que nuevamente irrumpe en la agenda mediática global. No todas las movilizaciones llegan a nuestras pantallas con la misma fuerza, ni permanecen en ellas durante el mismo tiempo.

¿Por qué sentimos que la Tierra tiembla cuando las marchas ocurren en Europa, mientras que el año pasado vimos estallidos juveniles, con consecuencias políticas y sociales profundas, en suelo asiático que apenas rozaron los titulares globales? Lo interesante y alarmante es justamente pensar qué nos puede estar diciendo esta diferencia en la cobertura sobre el valor que el mundo le otorga a nuestra generación según el lugar del mapa en donde se formulen sus reclamos.

Lo que pasó pero no nos llegó

Durante los últimos años, diversos países de Asia fueron escenario de grandes movilizaciones con una participación juvenil decisiva. Desde el levantamiento estudiantil de Bangladesh en 2024 hasta las protestas que atravesaron Nepal, Indonesia, Timor-Leste y Filipinas en agosto y septiembre de 2025, miles de jóvenes salieron a las calles a cuestionar la corrupción, los privilegios de las élites políticas y la falta de perspectivas de futuro. Aunque cada movimiento respondió a sus propias circunstancias, todos expresaron un malestar que trascendía sus fronteras.

No se trató de eventos aislados o de reclamos por sectores, sino de verdaderos terremotos sociales donde la generación Z arriesgó el cuerpo, enfrentó una represión feroz e incluso logró alterar, en algunos casos, el rumbo institucional de sus naciones.

Nepal es el ejemplo más nítido y crucial. El 8 de septiembre de 2025, miles de jóvenes, estudiantes y trabajadores, salieron a las calles cuando el gobierno bloqueó redes sociales. La represión dejó decenas de muertos, el Parlamento terminó en llamas e, incluso, el Primer Ministro renunció al día siguiente. Durante unos días el mundo miró. Después, el foco se corrió hacia otro lado.

A medida que las manifestaciones se fueron calmando, la poca cobertura de las grandes agencias internacionales que habían estado presentes se apagaron con la misma rapidez. Lo que en Asia transformó la vida de millones de personas fue catalogado por el relato dominante como “inestabilidad regional”, un episodio más de volatilidad política local o una crisis distante en alguna parte del Sur Global. La noticia caducó porque, en el juego internacional, los sucesos que ocurren lejos de los centros geopolíticos son tratados como datos estadísticos de inestabilidad, y no como procesos sociales dignos de empatía universal.

No se trata de que estas movilizaciones hayan pasado inadvertidas para todos, sino de preguntarnos por qué cuesta tanto que permanezcan en la conversación internacional.

La jerarquía de la empatía

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Llegados a esta situación no nos queda otra alternativa que poner foco en el por qué.

La asimetría con la que las grandes agencias de noticias cubren las protestas en Europa no es una casualidad, sino el reflejo directo de las jerarquías del sistema internacional. Cuando la generación Z se moviliza en París, España, Bélgica o Italia, las pantallas occidentales interpretan el conflicto como un síntoma de crisis general. Se instala la idea de que es exclusivamente lo que pasa en algunas capitales europeas o en Norteamérica lo que marca el rumbo que tomará la humanidad.

En este mismo escenario europeo, la discusión suele además contaminarse con una maniobra recurrente: la construcción de un chivo expiatorio. Para evitar asumir el agotamiento de los modelos económicos y el desmantelamiento de los derechos sociales, sectores políticos y mediáticos canalizan la frustración colectiva desviando la culpa hacia las poblaciones migrantes. Es otra forma de decidir qué se muestra y a quién se culpa.

Mientras en el Sur Global la juventud movilizada señala de forma directa a las élites gubernamentales y a la corrupción estructural, en el centro hegemónico el descontento es frecuentemente manipulado para culpar al más vulnerable en lugar de cuestionar al poder.

En cambio, cuando esa misma urgencia juvenil se expresa fuera de las fronteras de Occidente, operan otros intereses. A la juventud del Sur Global se la juzga bajo estándares distintos: sus luchas se reducen a problemas de “desarrollo”, sus reclamos no son universales y su movilización es rápidamente invisibilizada.

Mientras en Europa “se hace Historia”, en las calles asiáticas, latinoamericanas, africanas, se “genera caos”. Terminan por hacernos creer que la capacidad de interpelar al planeta es solo un privilegio reservado exclusivamente para quienes protestan en las naciones más poderosas.

Una misma urgencia

Al mirar de cerca a la Generación Z a nivel global, queda en evidencia que las causas de fondo que movilizan a los jóvenes están profundamente interconectadas. La falta de horizontes económicos, la precarización laboral, la crisis climática, el desencanto frente a las élites tradicionales y la búsqueda de nuevas formas de representación son demandas que atraviesan fronteras e idiomas. La sensibilidad y la urgencia política de esta generación no son patrimonio de ningún continente.

El dolor y el futuro de un jóven no vale más o menos según las coordenadas geográficas en las que le tocó nacer.

Garantizar que la atención internacional no se distribuya únicamente en beneficio de un grupo es un acto de supervivencia generacional. No se trata de minimizar la gravedad de lo que vive Europa hoy ni de competir por qué reclamo es más doloroso, sino de descolonizar la mirada con la que consumimos la realidad y exigir un trato más justo para cada comunidad que lucha por su dignidad.

Lo que ocurre hoy y lo que sucedió demuestra que la urgencia de la juventud es un fenómeno global. La diferencia no está en la gravedad de las protestas, sino en los filtros de la agenda mediática internacional. Al final, la Historia sigue su curso en las calles, independientemente de qué portada decida registrarla y cuál elija ignorarla.

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