Madres de estudiantes del interior

Por MARÍA SILVINA EGUÍA

Ciertamente, mucho han cambiado las cosas.

En tiempos de la tan trillada inmediatez, (no por ello menos cierta), hoy las madres que vemos nuestros hijos migrar, tenemos justamente la ventaja del WhatsApp al instante: “¿Llegaste bien?” “Si ma, ya llegué” … Entonces sobreviene la tranquilidad, que nos quita el corazón de la boca. Como si la llegada a destino fuera la única posibilidad de riesgo en un mundo nuevo, tan desconocido como inquietante y prometedor, con el que indefectiblemente se toparan nuestros hijos. Ya solos, ya sin nuestro contenedor y por momentos abrumador control. Pero así es, saber que llegaron bien nos permite seguir: ellos allá y nosotros acá. Ya es un hecho.

Y cuando al correr de los días la ausencia  se hace sentir, aparece la increíble videollamada,  que nos acerca en la distancia. No solo podemos ver sus caritas, mezcla de  adolescentes y adultos; escrudiñamos sus gestos, su voz, sonreímos con su sonrisa, identificamos la ropa que tienen puesta. Incluso vemos mas allá de escena central, buscando vestigios de comida sobre la mesa, libros y apuntes. Y de nuevo la tranquilidad de verlos por ratitos en su nuevo mundo, hasta que sus responsabilidades estudiantiles y sus ganas de volver a casa permiten el ansiado llamado: “¡Este finde voy para 25, ma!”

Inevitablemente pienso en mi madre. Cuando ella atravesó lo que yo ahora, claro, no existían estas herramientas…

Me despedía en la terminal de ómnibus o en la estación de tren, no en la combi. El arribo era en retiro o en constitución para los que optamos por Bs As. No había llamado tal, no había mensajitos, no había cámaras…. hasta la vuelta. La próxima noticia quizás sería alguna que otra cartita traída por algún compañero que viajaba y traía novedades. ¡Y víveres!

La única herramienta era la confianza (¡poderosa ella!). El optimismo de pensar que siempre todo estaría bien, el ejercicio pleno de la paciencia. El peso en la balanza de saber que el futuro se estaba forjando, y eso era mucho más pesado que sus preocupaciones de madre. Verme partir… y en simultaneo la mano levantada moviéndose de derecha a izquierda en un acto motor cuasi involuntario, porque el acto consciente estaba más bien puesto en la mirada que en la mano, hasta el “ultísimo” momento…Y ahí llegaba el momento de encomendarse a quien sabe cuánto Santo, pidiendo protección, y al Angel de la Guarda que guarde y a la Virgen María que acompañe…o, mejor dicho, a todas las vírgenes posibles. Porque hay un momento en que solo queda una cosa: pedir, esperar y confiar. Hoy pienso, lindas acciones que muchas veces olvidamos practicar… no hay lugar para la espera, no hay lugar para saberse pequeños y necesitados.

Vaya que han cambiado las cosas en pocos años…

Sin embargo, y afortunadamente, hay tantas otras que permanecen estables, constantes, inamovibles con el paso del tiempo, a pesar de la irrefutable evolución del hombre…

El olfato nos sigue permitiendo percibir el inconfundible aroma de la tierra mojada en una tardecita de verano veinticinqueña.

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Nuestros dos ojos, firmes, compañeros, siguen permitiendo ver los infinitos colores de la vida y, para el que se anime, aquello pequeño que esta mas allá de lo que vemos.

Nuestras manos siguen distinguiendo entre el frio y el calor, lo suave y lo áspero, permitiéndonos elegir que tocar y que no, como en la vida misma.

Y nuestros oídos, al escuchar una simple melodía, nos siguen transportando aquí y allá, al pasado lejano y cercano con increíble velocidad.

De la misma manera, hay poderosas sensaciones que no pasan de época

No dudo que mi hijo, cuando la combi pasa por el mapa, a los minutos por la tan nuestra mulita y al ratito nomás entra por la 28, siente lo mismo que yo cuando el tren pasaba por Uribelarrea. La sensación de estar tan cerca, de llegar, de volver, de reencontrarse, de estar en el lugar al que siempre perteneceremos, vaya uno donde vaya.

Tampoco dudo en que siente la misma nostalgia el domingo por la tarde, y quien dice nostalgia dice también unas ganas locas de quedarse en casa y otras de volver a la vida independiente y autónoma,  preparando el bolso lleno de ropa limpia y perfumada, que supo estar en condiciones bien distintas apenas el viernes anterior.

Irse, volver y volver a partir. Domingo tras domingo, viernes tras viernes.

Y en ese movimiento permanente, como el de la vida, hay historias que se repiten.

Hay cosas que no cambian.

¡Enhorabuena!

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