Por PEDRO SORIA
240 kilómetros y la valija llena de incertidumbre separan al estudiante de 25 de Mayo que parte por primera vez hacia Buenos Aires. Al igual que muchas localidades provinciales, el pueblo vive todos los años un éxodo de jóvenes que se marchan a las grandes ciudades. La razón se debe principalmente a la oferta académica y laboral que quizás no poseen los pueblos del interior. Allí adentran en las luces y el ruido de la ciudad, donde continúan sus estudios o trabajos. Sin embargo, la realidad muchas veces sobrepasa lo que otros dan por sentado.
El desarraigo comienza mucho antes de subirse a la combi. Inicia en la mesa familiar, en la habitación que se vacía de a poco, cuando la idea de irse a estudiar ya es un hecho; en fin, cuando el futuro se vuelve presente. No se trata únicamente de abandonar la comunidad de origen, sino también de irrumpir en un ámbito desconocido. Es el vértigo de vivir entre dos mundos diferentes y quizás no pertenecer completamente a uno de ellos; es expandir los límites educativos y profesionales, mientras se aprende a convivir con la distancia. Sin más, la realidad más confortante del estudiante es aquella en la cual aprende a situarse entre ambos entornos y sentirse a gusto, sosegado.
Como si fuese poco, en reiteradas oportunidades al universitario foráneo se lo subestima por diferentes motivos; adaptarse a la transición de forma rápida y eficaz no es el caso de todos los jóvenes. No todos poseen las herramientas necesarias para emprender la partida de su hogar. A pesar de esto, la valía de buscar aquellas virtudes que no se tienen resulta ser un factor fundamental para quien está decidido a ampliar sus horizontes, tanto de estudio como de labor.
El estudiante del interior también es un privilegiado por las experiencias que se le permiten vivir, ya que al esfuerzo personal se le suma el apoyo de toda una familia en múltiples sentidos: económicamente, emocionalmente, instrumentalmente, entre otros. No es poca cosa, ya que no todos cuentan con las mismas posibilidades: muchos jóvenes se quedarán en sus respectivos pueblos, deseando tener las oportunidades de aquellos que se fueron.
El arribo a la ciudad implica la adaptación al ritmo acelerado, a las relaciones impersonales y al desgaste cotidiano. En este contexto, en poco tiempo y sin aviso comienza una vida distinta, que obliga a los jóvenes a la inserción. Muchos logran acostumbrarse al cambio mientras que otros no tienen la misma suerte. Sin embargo, algo es objetivo: todo estudiante del interior añora —tarde o temprano— volver a su pueblo. Algunos regresan semana por medio; otros lo hacen muchos años después, cuando ya pueden hacer gala de sus experiencias.
El desarraigo no es exclusivamente tristeza; es la tensión entre lo que se deja y lo que se busca, y en ese vertiginoso escenario es donde se encuentra el estudiante del interior. Es el precio silencioso que se dispone a pagar por su formación y, al mismo tiempo, el punto de partida de un cambio personal propio: el inicio de un camino largo y valedero que demanda resignaciones y desprendimientos.
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