Los 200 habitantes de Ernestina, en el partido de 25 de Mayo, tienen muchos motivos para estar orgullosos de la tierra en que viven, uno de los 39 Pueblos Turísticos de la provincia de Buenos Aires.
El Río Salado que lo rodea y la posibilidad de pescar o practicar deportes acuáticos; su boulevard principal con palmeras traídas desde las Islas Canarias, las mismas que están en la Plaza de Mayo porteña; o el Teatro Argentino -hoy en desuso-, testimonio de tiempos gloriosos, cuando el pueblo llegó a tener más de dos mil habitantes.
Casi 129 años de historia
Como tantos otros pueblos, Ernestina nació con la llegada del tren. Esto fue en noviembre de 1896, cuando la estación recibió su nombre en honor a la esposa del fundador, Ernestina Gándara Casares de Keen, cuya familia era propietaria de unas 10 mil florecientes hectáreas. Entonces, la estación Ernestina fue una de las escalas del Ferrocarril del Sud para que las locomotoras cargaran agua en su viaje de Empalme Lobos a Carhué.
Todavía hoy quedan pruebas de los tiempos dorados de la región, cuando la actividad agropecuaria era una fuente inagotable de riquezas. Ya hablamos del boulevard de las palmeras canarias, plantadas a principios del siglo XX. También la época de gloria se refleja en edificios que parecen sacados de Europa, como la Iglesia Nuestra Señora de Luján -de estilo neogótico y hermosos vitrales-, el Teatro Argentino Enrique Keen, que tenía capacidad para 200 personas; los Colegios de Monjas y el de Varones; y por supuesto las mansiones que levantadas en estancias, dignas de estar en los jardines parisinos de Versalles.
Y entre ellas siempre se destacó la Estancia Huetel, propiedad de Concepción Unzué de Casares. Es un palacio de estilo Luis XIII en medio del campo diseñado por el arquitecto suizo Jacques Dunant, con medio centenar de habitaciones, un parque diseñado por el paisajista Carlos Thays, usina propia y una estación de tren privada.
La (no) visita del Príncipe de Gales
El año pasado se cumplió un siglo de lo que fue la visita del Príncipe de Gales a la Argentina, invitado por el presidente Marcelo T. de Alvear. Eduardo de WIndsor pasó más de un mes en nuestro país, desde el 17 de agosto al 28 de septiembre. Tuvo que soportar un periplo agotador en su viaje, entre ellos, estaba prevista una escala en Ernestina, invitado por Concepción Unzué de Casares.
El pueblo se puso sus mejores galas para recibir a quien años después sería el rey Eduardo VIII (aunque lo fue sólo por 327 días ya que abdicó por amor a una “plebeya” norteamericana, Wallis Simpson). Hasta se asfaltó el boulevard de las palmeras, de la estación al teatro.
Sin embargo, el futuro monarca dejó esperando a los ernestinos porque el tren que lo traía desde La Plata enfiló directamente hasta Huetel, la estación privada de estilo inglés la lujosa estancia.
El Príncipe se alojó en la suite principal de la estancia donde descansó unas horas, disfrutó de un asado con cierto al mediodía y otro a la noche, y la velada terminó con un espectáculo de tango a cargo del dúo Gardel-Razzano. ¡Qué menos agasajar a un futuro rey!
Un presente que apuesta al turismo
Así como el tren dio nacimiento a Ernestina, cuando dejó de pasar también trajo su época de olvido. Los dos mil habitantes de sus años de esplendor se redujeron a la décima parte. El Teatro no volvió a abrir sus puertas, hasta que en el turismo encontró su reconversión.
Más allá del atractivo de su historia y el paisaje con palmeras y naranjos, Ernestina ofrece espectaculares picadas en un par de almacenes de ramos generales, la pesca y los deportes en el río Salado y especialmente la paz que se respira a menos de dos horas del ruido de CABA.




