El fútbol es arte y el arte es político

Por Delfina Márquez Izurrieta (Estudiante de Relaciones Internacionales; Norberto de la Riestra)

En cada competencia internacional siempre buscamos a “los nuestros”. Los que nos representan como país, grupo o simplemente simpatizantes. En cualquier tipo de arte en certamen elegimos favoritos. Las pasiones están a flor de piel, se inventan teorías espaciales y los seguidores aumentan sin parar.

Cada comunidad es única, con sus propios espectáculos de mayor importancia y personajes excepcionales del arte que se ejecute. En el caso argentino, el fútbol es un fenómeno inigualable: una puesta en escena que excede a los jugadores y las canchas, que atraviesa tribunas y hasta el día a día de cada persona.

Sea musical, teatral, de letras, de lienzos o deportiva, lo fundamental es entender cómo estos espectáculos son un espejo de la realidad, un relato excepcional de la época. Las competencias, creando puentes entre arte y comunidades, están cargadas de presente y, por lo tanto, de política.

No estamos hablando de ideologías o políticos en sí, sino de procesos, momentos que quedaron congelados en la Historia y que se reviven, cada vez con más luz, en cada instancia.

El mundial de fútbol, lejos de ser ajeno a la enorme diversidad de verdades, es uno de los eventos que, a lo largo del árbol de la Historia, no solo ha revelado hechos, sino también cicatrices que debemos visibilizar. Pretender que eventos tan masivos se aíslen por completo de la existencia es inútil, dado que la propia producción de arte, en cualquier tipo de certamen, e incluso por fuera de ellos, es política, es la realidad que vivimos. El partido no es solo una disputa por la copa del mundo, sino que a veces representa algo más.

Recuerdos, pero también actualidad

El Mundial de fútbol de 1934 se llevó a cabo en una Italia al mando de Mussolini, donde este deporte fue utilizado como un instrumento de propaganda para exhibir una supuesta supremacía nacionalista.

Detrás de cada partido, sin embargo, encontramos jugadores obligados a cargar con el peso de representar un régimen o de enfrentarse silenciosamente a él. En este mismo contexto, la invasión nazi de Austria en 1938 borró del mapa al legendario Wunderteam, uno de los equipos del momento, obligando a sus jugadores a integrar la selección alemana en un intento fallido de crear una “potencia aria invencible”.

Para esos futbolistas no solo desaparecía un equipo, sino también el país cuya camiseta habían defendido y con el que habían construido su identidad. Como gesto de desafío, en un partido amistoso entre Alemania nazi y el ex equipo austríaco, donde se los había amenazado a perder, Mathias Sindelar llegó a celebrar un gol frente a los dictadores antes de aparecer muerto en circunstancias dudosas.

Vemos una vez más cómo el fútbol es un espacio de resistencia donde la identidad se juega la vida. La misma lógica se ve en el enfrentamiento simbólico entre Alemania Oriental y Occidental en plena Guerra Fría, durante el Mundial de 1974, cuando un simple resultado era capaz de despertar emociones, rivalidades y heridas que trascendían por completo noventa minutos de partido.

En nuestro propio territorio, el Mundial del ‘78 representó la contradicción máxima, con la última dictadura intentando utilizar el certamen para legitimarse y ocultar crímenes de lesa humanidad, montando un operativo de seguridad absoluta mientras se denunciaban las desapariciones. Años después, en el Mundial de 1986, no podemos decir que los goles de Argentina contra Inglaterra fueron simples jugadas, sino un desahogo popular y una reparación simbólica tras la Guerra de Malvinas.

Incluso en tiempos más recientes se sigue demostrando que las pasiones en la cancha exceden por completo a los jugadores. En el Mundial de 2018, la victoria de Suiza contra Serbia revivió en sus festejos las heridas de la guerra de Kosovo para los que convirtieron los goles, probando, nuevamente, cómo el pasado siempre reclama su lugar en el presente.

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Recuerdos, pero también futuro

Hoy, el Mundial 2026 se despliega como un relato excepcional de nuestra propia época, cargado de tensiones geopolíticas que definen la realidad. Pretender que la competencia en Estados Unidos sea ajena a la política es inútil cuando vemos la deportación del árbitro somalí Omar Artan por supuestos vínculos con el terrorismo o a las trabas migratorias que afectaron a delegaciones de Asia y África.

Cada una de estas decisiones recuerda que, antes de árbitros, entrenadores o futbolistas, hablamos de personas cuyas vidas quedan atravesadas por conflictos que exceden por completo al deporte.

El caso de Irán es el más paradigmático: Debido a las restricciones de visa para su cuerpo técnico, el equipo se vio forzado a establecer su concentración en México, cruzando la frontera por tiempos limitados para disputar sus partidos en un ambiente de absoluta incertidumbre y estrés. Es difícil imaginar que un plantel pueda concentrarse únicamente en jugar y hacer feliz a su comunidad cuando ni siquiera tiene garantizada la tranquilidad necesaria para competir.

En este escenario, la pasión argentina vuelve con fuerza a través del partido contra Inglaterra. Mientras las autoridades prohibían banderas y camisetas alusivas a las islas por considerarlas mensajes políticos, los jugadores terminaron festejando el triunfo con un cartel improvisado.

Ese gesto espontáneo reflejó que hay recuerdos y causas que siguen formando parte de la identidad de un grupo, incluso cuando se intenta mantenerlas fuera de la cancha. La realidad que vivimos se filtra por cada grieta del espectáculo deportivo, porque, al final, el fútbol nunca habla solamente de goles: también habla de quienes somos, de aquello que nos duele y de aquello que nos une.

Sí, el fútbol es arte

Intentar separar el deporte o cualquier tipo de arte de la vida real es un esfuerzo inútil. La historia nos ha demostrado repetidamente que los estadios no son burbujas aisladas, sino escenarios donde se proyecta la producción misma de nuestra existencia, cargada de presente y de memorias compartidas.

La puesta en escena nos atraviesa y nos obliga a mirar de frente realidades que muchos preferirían ignorar. Los relatos de esta columna son pocos comparados a la enorme cantidad de historias, no simples anécdotas, que marcan a cada comunidad en particular.

En cada competencia internacional, el acto de buscar a “los nuestros” va mucho más allá de elegir un equipo favorito. Es una búsqueda de representación y de validación de nuestra propia identidad ante el mundo. Estos espacios seguirán siendo espejos de la sociedad, resistencias donde siempre se elige el ruido, nunca el silencio.

Los espectáculos mundialistas están altamente enriquecidos de información, de verdades, como una imagen panorámica que todos podemos intentar ver completa.

Disfrutemos de lo que quedó, queda y quedará por siempre en la Historia de cualquier arte. A veces, lo que nos producen representa más que una simple puesta en escena. Mientras existan comunidades que celebren, recuerden, resistan o se reconozcan detrás de una camiseta, el fútbol seguirá hablando de política, aunque nadie lo nombre. Porque el fútbol es arte. Y todo arte habla del mundo que lo crea.

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