Dos fechas y una consigna: Recordar

Conmemoramos a las víctimas del atentado a las torres gemelas de Estados Unidos del 11 de septiembre de 2001; y celebramos el Rosh Hashaná, el año nuevo judío.

Entre el 11 de septiembre, la AMIA y Rosh Hashaná, se nos desvela una misma necesidad colectiva: recordar.

Por Delfina Márquez Izurrieta (Estudiante de Relaciones Internacionales)

Este fin de semana se conectan dos momentos del año que no son menores. Por un lado conmemoramos a las víctimas del atentado a las torres gemelas de Estados Unidos del 11 de septiembre de 2001. Por otro, celebramos el Rosh Hashaná, el año nuevo judío, del viernes al domingo. A simple vista tal vez dos fechas aisladas, pero al mirar un poco hacia atrás, con un significado crucial específicamente para la Argentina.

Rosh Hashaná es la celebración que marca el inicio del calendario judío. Esta festividad cuenta con tres días de reflexión profunda y de perdón hasta el comienzo del año nuevo. Un elemento tradicional de estas fechas es el shofar, un cuerno, generalmente de carnero, cuya función no es musical, sino de actuar como una alarma espiritual que convoca la meditación, la autocrítica y a retomar el camino de la justicia.

Incluso Maimónides se refirió a este instrumento, explicando que el sonido del shofar busca despertar a quienes dormitan para que se alerten, examinen sus acciones y retornen hacia un compromiso renovado con el bien y la responsabilidad comunitaria.

En cuanto a la otra fecha, el 11 de septiembre conmemora a los perdidos en la serie de ataques terroristas cometidos en 2001 por la organización extremista Al Qaeda en Estados Unidos, cuando cuatro aviones comerciales secuestrados impactaron contra las Torres Gemelas del World Trade Center, el Pentágono y en un campo de Pensilvania. Aquel suceso dejó aproximadamente 2977 víctimas fatales, dentro de los que se encuentran 5 argentinos. Estos eventos reconfiguraron de forma drástica la seguridad internacional e impactaron profundamente en la política global, con un giro profundo de las medidas de política exterior estadounidense.

La unión de ambas fechas este fin de semana nos invita a reflexionar: sin desconocer la dimensión excepcional del 11 de septiembre ni el dolor de sus víctimas, desde América Latina también podemos mirar hacia nuestras propias marcas de terrorismo internacional, que, con frecuencia, quedan postergadas, desplazadas o menos presentes en la agenda global. Es en esa intersección entre el sonido del shofar, el deber de la memoria viva y la realidad de nuestro suelo donde cobra un sentido urgente volver la mirada hacia nuestra propia historia.

Sucedió en nuestro país

En nuestro contexto local, esa herida cobra nombre con mayor fuerza en la calle Pasteur de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, donde el 18 de julio de 1994 a casi las 10 de la mañana, un coche bomba destruyó la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina, más conocida como la AMIA. La explosión causó la muerte de 85 personas y dejó alrededor de 300 heridos, constituyéndose en el peor ataque terrorista registrado en la historia de nuestro país.

Aquel atentado no solo golpeó a la institución de la comunidad judía, sino que impactó de lleno en las calles, vecinos, trabajadores y transeúntes de la zona. Aquel ataque constituyó un crimen de odio directamente enfocado hacia la comunidad judía argentina, una agresión que ya registraba como antecedente inmediato el ataque a la Embajada de Israel en Buenos Aires cometido en marzo de 1992. Sin embargo, a diferencia de los despliegues de investigación y juzgamiento observados tras grandes crisis internacionales, la causa de la AMIA ha padecido décadas de impunidad, desvíos judiciales y maniobras de encubrimiento que aún hoy privan a las víctimas de justicia.

En cuanto a las responsabilidades, la justicia argentina determinó que el atentado fue planificado e ideado por altas autoridades de la República Islámica de Irán y ejecutado por la organización terrorista libanesa Hezbollah, sobre quienes pesan pedidos de captura e insisten las notificaciones rojas de Interpol. Volver la mirada hacia lo nuestro significa reconocer que esta tragedia es judía y profundamente argentina e integrada en nuestra memoria colectiva. Recordarla no responde a tomar partido en disputas geopolíticas ajenas, ni alinearse en conflictos externos, sino a ejercer el deber humano de no olvidar los atentados ocurridos en nuestro propio territorio. Recordar la AMIA junto al 11 de septiembre tampoco implica equiparar ambos acontecimientos, sus dimensiones ni sus consecuencias, sino ampliar nuestra mirada sobre las distintas experiencias de terrorismo que forman parte de la memoria internacional.

Recordar para repensar

Situar estos acontecimientos en la perspectiva del Sistema Internacional contemporáneo expone cómo la atención internacional no siempre se distribuye de manera uniforme frente a las distintas experiencias de terrorismo. Y la actualidad vuelve a recordarnos que la causa AMIA no pertenece únicamente al pasado: mientras Irán atraviesa una nueva etapa política, algunas figuras vinculadas a la investigación continúan ocupando posiciones relevantes dentro de su estructura de poder. Más de tres décadas después, la causa sigue siendo una pregunta abierta para la Argentina y un reclamo de justicia que permanece vigente.

Que el aniversario del 11 de septiembre y Rosh Hashaná coincidan este año no es, entonces, una razón para comparar tragedias, sino una oportunidad para recordar. Para nosotros, como argentinos, también es una oportunidad para volver la mirada hacia la AMIA y reconocer que el terrorismo internacional no es una realidad lejana: también dejó una marca profunda en nuestro propio país.

La coincidencia de estas fechas nos permite, al menos por un momento, poner en diálogo tres dimensiones distintas de la memoria: un atentado que cambió al mundo, una tragedia que marcó profundamente a nuestro país y una celebración que invita cada año a la reflexión. Entre el 11 de septiembre, la AMIA y Rosh Hashaná, se nos desvela una misma necesidad colectiva: recordar.