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SALUD INFANTIL
Alimentación saludable

Por la Dra. Adriana Caldarelli M.P. 16.428 (25 de Mayo)

Continuando con el tema de Alimentación Infantil, hablaremos hoy de algunas pautas de alimentación entre los seis meses y dos años.
Antiguamente los lactantes alimentados con lactancia materna exclusiva muy prolongada no recibían otros alimentos prácticamente hasta el primer año de vida .
Entre los años 1924 (Jun-dell) y 1933 (Glazier) se publicaron estudios que muestran que en esa época la administración de semisólidos era muy infrecuente.
En los años en que se produjo una disminución de la lactancia materna con la imposición de las fórmulas lácteas, hubo también una tendencia a la introducción muy precoz de otros alimentos (cuarta y octava semana). Finalmente; en los últimos diez a quince años, a partir de la información sobre la importancia de la leche materna, la edad recomendada se ha ido modificando, confirmando que durante los 4-6 meses de vida no se requieren otros alimentos ni agua para cubrir los requerimientos nutricionales y que desde los seis meses en adelante sería la edad óptima para la introducción de alimentos complementarios enfatizando continuar con la leche de madre (UNICEF marzo 1998) hasta los dos años.
Ningún alimento proporciona por si solo todos los nutrientes que el organismo en crecimiento necesita. Por esta razón se deben incorporar diferentes grupos de alimentos en forma equilibrada y atractiva para el niño. Se debe tener en cuenta que los menores de un año corren el riesgo de ahogarse, y pueden desarrollar algunos tipos de alergias; por lo tanto se desaconseja darle caramelos duros o masticables, uvas enteras, clara de huevo, helados, salchichas, verdura cruda dura (zanahoria), pochocho o papas fritas.
Los tubérculos (papa, batata, mandioca), y los cereales (arroz, maíz, trigo, fideos), se deben preparar espesos como purés, y combinados adecuadamente.
Se pueden combinar, por ejemplo con alimentos de origen animal, que contienen proteínas de alta calidad, y que además aportan hierro. Debemos recordar que la anemia ferropénica, es decir por deficiencia de hierro, es uno de los principales problemas de salud pública a nivel mundial, y que en todos los estudios realizados se detecta mayor afectación en los menores de dos años, las mujeres embarazadas y los recién nacidos de bajo peso. A su vez la anemia predispone a las infecciones, dado que afecta el sistema inmunológico, cerrando así el círculo vicioso de desnutrición -enfermedad- desnutrición. A partir de los seis meses se puede incorporar carne de vaca, hígado, morcilla, pescado (si no hay antecedentes de alergia). Se agregan a la papilla triturados en una pequeña cantidad dos cucharadas soperas diariamente o por lo menos tres veces por semana.
Las legumbres (arvejas, lentejas) son muy nutritivas si se combinan con cereales como arroz, maíz, trigo o con tubérculos, en una relación de dos porciones de cereal por una de legumbres. Las legumbres proporcionan hierro, aunque de menor biodisponibilidad que el de origen animal, y son también una buena fuente de proteínas.
Las Guías Alimentarias para la Población Infantil del Ministerio de Salud de la Nación (2006); aconsejan incorporarlas en la alimentación entre el séptimo y el octavo mes, en purés, tamizadas y sin piel. En cuanto a las frutas y verduras considera conveniente cada día una fruta y una verdura amarilla, anaranjada o de color verde oscuro para garantizar el aporte de sus vitaminas y minerales. Se ofrecerán limpias, frescas, cocidas en forma de puré o en jugos acompañando las comidas.
El hierro medicinal, que se incorpora a partir de los dos o cuatro meses, (según el peso de nacimiento, su edad gestacional y la presencia o no de patologías perinatales); se puede dar diluido en jugos de fruta naturales porque aumenta su absorción.
Los purés aumentan su valor calórico si se le agrega un poco de leche entera fortificada, una cucharadita de manteca, aceite o crema de leche. A los siete meses se agregan zapallito verde, palta y se puede aumentar la fuente de proteínas con la yema de huevo bien cocida. Entre los nueve y doce meses, se puede incorporar, espinaca, remolacha, choclo rallado, pulpa de tomate sin piel y sin semillas. No es recomendable limitar la cantidad o el tipo de grasas de la alimentación durante los dos primeros años de vida. La grasa tiene suma importancia para lograr una adecuada composición corporal y, fundamentalmente el desarrollo del sistema nervioso central. Asimismo para alcanzar el aporte requerido de energía, y su restricción no ofrece ventajas respecto de la prevención de enfermedades crónicas.
En cuanto a los productos lácteos, se puede utilizar leche fortificada o manteca para enriquecer las papillas, a partir de los seis meses; entre los siete y ocho meses, incorporar postres con leche, tipo flan, quesos cremosos, yogur entero de vainilla y a los nueve meses queso fresco en trocitos y queso de rallar. Aportan calcio y vitaminas A y D. La sal agregada no es necesaria ni saludable para los niños, por lo que se desa-conseja su uso en lactantes y niños pequeños.
Siempre se debe recordar que tanto el niño como el adulto tiene capacidades para autorregular su ingesta, por lo tanto no se lo debe forzar a comer. Se debe diferenciar claramente el llanto de hambre del provocado por disconfort (por ej: pañales mojados) dolor o sueño, evitando así el desarrollo de conductas alimentarias nocivas, que pueden llevar a la obesidad.
A medida que el niño crece, necesita tres comidas y al menos dos refrigerios, y a veces otro antes de irse a dormir. Los preescolares necesitan más cereal, verduras y fuentes proteínicas, como leche y carnes.
Tras el rápido crecimiento del primer año, el ritmo disminuye y los niños suelen comer menos. En este período nos encontramos con la queja materna expresada en frases como la siguiente: "Dr/a. mi hijo no me come", a lo que risueñamente les contestamos que nos alegramos mucho que así sea porque de lo contrario su hijo seria antropófago.
Las variaciones del apetito son normales en esta etapa y mientras el crecimiento siga los carriles normales y no aparezcan signos carenciales o de enfermedad, la mamá debe saber que su hijo es "normal", y probablemente tampoco necesite de complejos vitamínicos.
En este período debe ofrecer al niño una selección nutritiva de alimentos y procurar tener paciencia para darle la libertad de elegir lo que desee dentro de lo razonable. Se deben fomentar hábitos de alimentación saludable a edades tempranas, dando el ejemplo en la mesa familiar. Evitar la "comida chatarra", (papas fritas, gaseosas, tortas o caramelos) porque producen obesidad. Las bebidas más saludables son el agua y la leche. Los jugos artificiales tienen alto contenido de azúcar (predisponen a las caries) y algunos aditivos perjudiciales que pueden provocar cuadros respiratorios o eruptivos. En las visitas periódicas al médico, cada pediatra lo ayudará a saber si el niño está alimentado correctamente, si consume lo suficiente de cada grupo calórico y si hay alguna deficiencia que el niño corre riesgo de padecer.

Cuando hablamos de "alimentación saludable", mencionamos la palabra percentilo, ¿qué es el percentilo?: se trata de unas tablas, donde se mide el estado nutricional de un bebé o niño; relacionando la edad con el peso, la talla o el perímetro cefálico. Asimismo exísten otras tablas que relacionan el peso con la talla.
Es de mucha utilidad en cada consulta pediátrica, ya que dadas las características de nuestros pequeños pacientes los procesos infecciosos y cualquier otra enfermedad puede afectar su crecimiento. A veces se trata de patologías agudas como una gastroenteritis, una bronquitis, neumonía, etc. Otras veces se trata de enfermedades crónicas, que van deteriorando al niño en un punto de su crecimiento. Estas requieren internaciones prolongadas y tratamientos varios que modifican el apetito del niño con graves consecuencias como carencias vitamínicas y de diversos nutrientes.
Por eso son imprescindibles estas tablas, que se adaptan a la población de un país y grupo etáreo determinado. Así, existen tablas para tabular a niños prematuros, niños con Síndrome de Down, etc.
Se define como obeso al niño cuyo peso excede el percentilo 97 para su talla. También se puede definir por el IMC (Indice de Masa Corporal).
Si el índice de masa corporal está en percentilo 95, el paciente tiene sobrepeso u obesidad infantil. Si está entre los percentilos 85 y 95, tiene riesgo de obesidad. (AAP, Comité de nutricion, 2008).
La obesidad es una enfermedad crónica, que responde a múltiples causas, y está ocasionada por un disbalance calórico en el que ingresan en el organismo más calorías de las necesarias para crecer y madurar, que son almacenadas en forma de grasa. La prevalencia de obesidad se duplicó en los últimos veinte años en EEUU, las consecuencias de la misma, en la salud del futuro, serán mayores a las atribuibles al tabaquismo.
En nuestro país se encontró entre 4,4 % y 11% de prevalencia según la región.
Solamente uno de cada 200 niños obesos tienen una enfermedad genética o endocrinológica asociada, y en estos casos, la obesidad va precedida de signos y síntomas más graves que motivan la consulta. Ciertos patrones genéticos podrían potenciar el aumento de peso. Los niños que tienen un padre obeso, tienen tres veces más riesgo de tener obesidad en la edad adulta. Cuando son ambos padres obesos, el riesgo es diez veces mayor . Asimismo existen períodos más vulnerables para desarrollar obesidad, la que se instala en la adolescencia tiene mayores posibilidades de persistir en la adultez (80%).
Si bien el motivo de consulta la mayoría de las veces es la preocupación estética, pueden también consultar por complicaciones; tales como dolor de rodillas o espalda, arcos plantares vencidos, inflamaciones pretibiales (enfermedad de Osgood Schlatter), o dolor en la cadera (enfermedad de Legg-Calvé-Perthes).
La discriminación es otra de las consecuencias de la obesidad, que aísla socialmente al niño, llevandolo a más sedentarismo e inactividad. En los adolescentes provoca alteraciones de la imagen corporal que llevan a baja autoestima, búsqueda de modelos inalcanzables, depresión y severos trastornos de la conducta alimentaria como anorexia o bulimia.
Otras complicaciones a largo plazo, son: hipertensión, hipercolesterolemia, aumento de lipoproteínas de baja densidad o LDL, descenso de lipoproteínas de alta densidad HDL, intolerancia a los hidratos de carbono, trastornos menstruales, colelitiasis, trastornos dermatológicos como estrías y oscurecimiento de la piel en los pliegues (acantosis nigricans), diabetes tipo II.
El tratamiento del niño obeso es multidisciplinario, en el mismo están involucrados, pediatras, psicólogos, nutricionistas, endocrinólogos y ortopedistas.
Se debe promover un cambio en el estilo de vida familiar. El plan terapéutico debe ser apropiado a la edad, individualizado a cada caso en particular, con metas posibles y realistas, promoviendo cambios de tipo alimentario, ofreciendo más frutas y verduras, indicando consumir más pescado, reducir el consumo de sal y comida rica en grasas, limitar las horas de TV y/o computación a dos horas diarias, realizar ejercicio, (sesenta minutos de ejercicio vigoroso por dia).
Como siempre mejor que tratar es "prevenir", y en este caso tenemos los pediatras junto a los padres en esta tarea desde el momento del nacimiento y mejor aún desde la concepción. La diabetes materna, la anemia, el tabaquismo suelen provocar insuficiencia placentaria y son determinantes patológicos de la composición corporal al nacer, los hijos de madre diabética son grandes para su edad gestacional y al nacimiento muestran aumento de grasa corporal.
El control de la diabetes materna tiene importancia en la prevención de la obesidad en la infancia y al adolescencia.
La lactancia materna es un factor importante en la prevención de obesidad en edades posteriores, en cambio, la inadecuada preparación de biberones, forzar la ingesta de todo el biberón, agregar cereales o azúcares en exceso, y la introducción de semisólidos antes de los seis meses, pueden llevar a un aporte calórico más alto y favorecen la aparición de obesidad.

para LA MAÑANA, diseño web: Leandro Savini