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15 Mar

Ernestina está viva

Publicado en Editorial

“Pueblos fantasma: la Argentina que desaparece”, tituló el domingo La Nación un completo informe en el que da cuenta que unos 800 pueblos están en riesgo de extinción, 200 en la provincia de Buenos Aires. “Con el tiempo perdieron el tren y, sin rutas asfaltadas, también las fuentes de trabajo”, escribe el gran rotativo nacional.
Imposible refutar que cada vez menos gente reside en pequeñas localidades, pero es preciso remarcar que, aun cuando no escapa a la realidad general, Ernestina no es un pueblo fantasma. De hecho, cuando seguramente ingresaba en rotativa La Nación, la localidad celebraba una noche especial con un carnaval que reunió a 1.200 personas.
«Si un pueblo figura en los mapas, pero no en las indicaciones de las rutas, es señal de que su existencia está comprometida. Es lo que le pasa a Ernestina: sólo se puede leer su nombre al llegar, en el cartel de la entrada. No siempre fue así. En 1926, Ernestina apareció en todos los diarios del país y, probablemente, del Reino Unido: fue visitado por el príncipe de Gales, Eduardo VIII. Fue un paso fugaz camino de la estancia de los Keen, la familia fundadora, y de otra estancia en 25 de Mayo. Cuentan que la calle principal, aún hoy un imponente boulevard con palmeras, lucía engalanada, y que hasta la empedraron para la ocasión. Al príncipe le habrán llamado la atención tres soberbios edificios, todos sobre esa calle, la San Martín: el teatro, por el que pasarían figuras de renombre y que también fue usado como cine; el colegio de monjas, orgullo de la zona, y la iglesia neogótica. La sorprendente Argentina de campos fértiles y audaces emprendedores salía al encuentro de Eduardo VIII en un pueblo perdido de la pampa», se lee en La Nación.
En un extremo del boulevard San Martín está la estación del ferrocarril. Medio siglo después de aquella visita histórica, el ramal, que tenía cuatro servicios diarios, empezó a ser restringido, hasta que un día el tren dejó de pasar. Los 160 kilómetros que la separan de la Capital Federal se hicieron lejanos y tortuosos. Ernestina, que ya venía anclándose en el tiempo, poco a poco fue desplazada por Pedernales (ocho kilómetros por tierra). Del empedrado no queda nada, el teatro cerró, las monjas se fueron y la iglesia apenas guarda sombras de su antiguo esplendor.
Su línea demográfica muestra una tendencia que parece irreversible. El censo de 1960 registró 2000 habitantes; 30 años después había caído a 253, y en el de 2010, a 145. “Esto ya no es un pueblo, es una familia”, bromea una de sus vecinas en un video que aparece en Internet.
La estación del tren se ha convertido en destacamento policial. «Menos de 150 personas, y toda gente mayor, imagínense: pocos problemas», dice la oficial Wanda Resek.
Rebeca Etcheverry (68 años), una maestra jubilada que vive con su marido frente a la iglesia, todavía recuerda cuando el pueblo tenía de todo. “¡Hasta sastrería! Hoy, para cualquier cosa tenemos que irnos a Pedernales. Acá no hay nada. Los jóvenes se van porque no tienen trabajo. Van a Buenos Aires a trabajar de mozos, de remiseros, de empleados”. Ellos ya lo tienen decidido: se quedarán. Por las tardes caminan hasta el bar Ernestina, que está a dos cuadras, y juegan durante horas enteras. Ella, al Chinchón y a la Escoba de 15. El, al pool. Una vez jugó 130 partidos en una sola semana. “Cómo me voy a ir -dice Rebeca-, si hace 33 años que tomo mate con la misma vecina”.
Al igual que tantas localidades que atraviesan las mismas penurias, Ernestina vio cómo se iba apagando su fuego mientras esperaba la mano salvadora del Estado, que nunca llegó, y sin que desde sus mismas entrañas surgieran iniciativas para revertir el proceso. El desarrollo de un complejo de cabañas a la vera del río Salado, que está a sólo dos kilómetros y es un paraíso para los pescadores, fue una inversión de gente de otro partido.
Nelly, la señora que cuida la iglesia desde que las monjas se fueron, en 1992, y le dejaron la llave, también mira hacia afuera a la hora de buscar una explicación: “Somos el último orejón del tarro. Nadie se acuerda de nosotros”.
La nota de La Nación es testimonial de lo que viene ocurriendo. Pero es falso que nada se ha hecho. Hace años se le dio una coordinación, y en la actual gestión se transformó en Delegación municipal. La localidad tiene servicios y es un pequeño foco miniturístico por la pesca. Y la inversión reciente en cabañas, aunque sea de capitales foráneos, muestra que hay quienes que siguen apostando a Ernestina.
Es cierto. No es ni por asomo ni será lo que fue. Pero eso le ocurre a tantos pueblos que comenzaron su decadencia con el fin -o la intermitencia- del servicio ferroviario, cuando en el campo se necesitó de menos personal y, además, cuando las luces de las grandes ciudades encandilaron a muchos.
Ernestina es, cuanto menos, una familia muy numerosa, que comparte, que sueña, que vive. Sólo eso impide que se la catalogue como un pueblo fantasma.

La implementación de la Policía Comunal fue discutida por años, tanto que muchos Comunas no adhirieron. ¿El argumento para la negativa? Los intendentes no tienen el conocimiento necesario para convertirse en jefes policiales y, además, recaen sobre ellos muchos obligaciones paras sumar una más, y tan delicada.
Luego apareció la Policía Local y hubo fondos para infraestructura, escuelas y uniformados. Todo indica que eso cambiará. Los 82 distritos bonaerenses que cuentan con Policía Local dejarán de sumar agentes de esta fuerza. Mientras los intendentes continúan reclamando su control, el gobierno de María Eugenia Vidal decidió frenar el aumento de estos uniformados, lo que anticipa una nueva pelea con los alcaldes, tal de dio a conocer ayer en un informe en el portal de Perfil.
La orden la dio el ministro de Seguridad, Cristian Ritondo: este año dejará de haber ingresos en las distintas escuelas que los municipios montaron para capacitar a los uniformados.
Desde el inicio de la gestión, Vidal y Ritondo cuestionaron la formación de esta fuerza que creó el ex gobernador Daniel Scioli y se opusieron a darles su control a los intendentes. Ahora, en los distritos de menos de 70.000 habitantes (son 29) se fusionarán con la policía comunal, mientras que en las ciudades del conurbano más populosas no sólo dejarán de sumar agentes, sino que ya les anunciaron que buscarán la disminución de los uniformados. ¿Qué ocurrirá en municipios pequeños y sin Policía comunal, como 25 de Mayo o Saladillo?
“Es contradictorio que la inseguridad sea el principal problema de los bonaerenses y tomen la decisión de no sumar más agentes de la Policía Local. También es contradictorio que esté bien la descentralización de la Policía de la Ciudad de Buenos Aires y que no quieran discutir que la Policía Local pase a depender de los municipios cuando hay proyectos que duermen en la Legislatura. Lomas de Zamora invierte constantemente en seguridad, y si no hay más policías locales, cómo seguimos. El Gobierno nunca nos llamó para dar esta discusión”, reclamó el intendente de ese distrito, Martín Insaurralde (PJ). En su distrito hay 1.300 agentes de esta fuerza.
“El reclamo sigue siendo el del traspaso de esta fuerza a los municipios. Es una policía que nació para que la conduzcamos y nos queremos hacer cargo, porque ya nos hacemos cargo cuando nos golpean las puertas protestando por la inseguridad”, agregó el intendente de General San Martín, Gabriel Katopodis.
Mientras continúan con el reclamo de su control, al freno en los ingresos, algunos intendentes ya recibieron la noticia de que el objetivo es reducir el número en un 30%, por lo que en algunos años, los uniformados que queden podrían ser fusionados con la Policía Bonaerense. Con la baja en los ingresos y su desarticulación, los intendentes ya no tendrán una fuerza a la que reclamar su manejo, algo que molesta en el Gobierno. Desde La Plata acusan a varios jefes comunales de “creerse sheriffs y manejar la fuerza para sus negocios”.
“La gobernadora comete un error y no hace una evaluación del funcionamiento en cada distrito. En Escobar conseguimos que esta institución pase de diez detenciones mensuales a 120”, detalla el intendente del FpV, Ariel Sujarchuk. En Escobar hay 350 efectivos de la Policía Local y aspiraban a que este año pudieran ingresar 200 más. El municipio construyó la escuela de formación. “Ahora el desarrollo de la fuerza queda trunco, la gobernadora debería haber charlado con los intendentes. Ya nos hacemos cargo de los gastos en seguridad: combustible, reparaciones de comisarías, alquileres, viandas. No nos quejamos porque queremos hacernos cargo, pero cuando invierte y se le quita el proyecto, es cuando la plata se pierde”, sostuvo Sujarchuk.
En Saladillo funciona la escuela a la que concurren aspirantes de ese distrito y 25 de Mayo, que están próximos a terminar el curso. ¿Y ahora?

La oposición sindical al presidente Mauricio Macri hace agua. Y no por falta de poder de movilización. Este martes, decenas de miles de personas convocadas por las Confederación General del Trabajo, que agrupa a los poderosos gremios peronistas, marcharon a las puertas del ministerio de Producción en Buenos Aires para repudiar la política económica del Gobierno.
La postal de las calles ocupadas fue impactante, pero el mensaje final ambiguo. La decisión del triunvirato que lidera la CGT de anunciar una huelga de 24 horas sin fecha precisa no cayó bien en los grupos más radicales. El acto terminó con los dirigentes huyendo entre piedras y botellas y con el palco ocupado por manifestantes que gritaban «paro, paro» y «traidores, traidores».
Para el gobierno de Macri la división sindical tiene una doble lectura: es una buena noticia no tener un frente unido que resista en las calles, pero es una mala que la CGT no esté en condiciones de amortiguar las demandas de los sectores más beligerantes.
El gran debate del día después de la movilización de la CGT fue determinar de donde habían salido los belicosos. La primera reacción de los llamados “gordos” de la Confederación fue acusar a grupos kirchneristas decididos, según su lectura, a entorpecer como sea su relación con la gestión macrista. Pablo Moyano, del gremio de los Camioneros, fue claro: “No nos van a correr 200 muchachos”.
Los kirchneristas se hacen los “Rambo” y su gobierno fue el que más precarizó el país. Acá el que para el país es la CGT y el que pone la fecha del paro es la CGT», dijo. Lo cierto es que la ex presidenta Cristina Fernández rompió con el sindicalismo que depende del peronismo, su partido, al punto que Hugo Moyano, ex líder de la central y padre de Pablo, hizo campaña por Macri antes de las elecciones de 2015.
El Gobierno hizo propia la tesis de la supuesta responsabilidad del kirchnerismo. Durante un foro organizado por la revista británica The Economist, el jefe de Ministros, Marcos Peña, dijo que existen dentro del sindicalismo argentino sectores que “comparten una visión más parecida a la de la ex presidente Cristina Kirchner”, quien quiere “que fracase el cambio”. Esas diferencias, agregó, se vieron exacerbadas por “la tensión en un año electoral”, cuando faltan menos de siete meses para las legislativas de medio término.
Pero desde el kirchnerismo rechazaron cualquier responsabilidad en los incidentes. Si bien Fernández había pedido a su gente que se sumara a la manifestación, su hijo Máximo Kirchner, también diputado, dijo que la acusación del triunvirato busca “descargar su culpa sobre los incidentes”. “Todos escuchamos que cientos de miles de trabajadores le exigieron la fecha de un paro. Siempre van a la televisión y dicen: la gente dice... bueno, ayer la gente dijo algo”, argumentó Máximo Kirchner.
Las divisiones en el sindicalismo argentino no son nuevas, casi a la par de las del peronismo. Durante el gobierno de Carlos Menem (1989-1999) se dividió por sus discrepancias ante el giro neoliberal del partido. Con el presidente radical Fernando De la Rúa (1999-2000) encontró un enemigo común y se unió. Con Cristina Kirchner, en cambio, pasó de un férreo apoyo a la oposición más dura.
Con Macri volvió a unirse, pero debió apelar a una conducción de tres miembros para satisfacer a todos los sectores en pugna. Mientras tanto, la estrategia con la Casa Rosada fue la de la negociación, una tregua que Macri pagó con dineros públicos que el Estado adeudaba a las obras sociales. Pero la tensión subió de abajo hacia arriba: mientras el triunvirato postergó sin fecha una medida de fuerza, la movilización del martes, la mayor que enfrentó Macri hasta ahora, puso en evidencia que la paciencia de algunos sectores se han agotado.
Este agotamiento puede ser una mala noticia para el Gobierno. Mientras asegura que la economía mejorará este año, Macri deberá negociar desde abril los aumentos salariales que regirán hasta diciembre. Que la CGT pierda fuerza como interlocutor capaz de garantizar la paz social atenta contra la gobernabilidad, una palabra que ha sido la pesadilla de todos los gobiernos no peronistas que gobernaron en Argentina desde la vuelta a la democracia, en 1983.
“No sentimos que cualquier disenso atente contra la gobernabilidad. En estos 15 meses la relación con los sindicatos ha sido excelente”, aclaró ayer Peña, un hombre que resume la opinión de todo el Gobierno de Macri.

Aviso a los navegantes, viajeros, turistas o simples intrusos que tratan de adentrarse en el cada vez más tortuoso laberinto de la política turca: bajo ningún concepto utilicen la palabra “no”. Por muy extraño que ello parezca, en las últimas semanas, la negación se ha convertido en sinónimo de aliado de los terroristas del PKK, simpatizante de los golpistas del 15 de julio de 2016, o seguidor del clérigo Fetullah Gülen, antiguo valedor de Erdogan, que se ha convertido en el enemigo público número uno del régimen de Ankara. Y todo ello, en un ambiente político cada vez más enrarecido, donde las purgas, los ceses de funcionarios públicos, la defenestración de catedráticos y las detenciones se tornan en una especie de lúgubre “pan nuestro de cada día”. Lejos quedan las rígidas, aunque añoradas estructuras del kemalismo, criticadas tanto por los ultra liberales como por los ultra radicales. Ambos extremos pedían cambios. Mas el cambio que se está perfilando en el horizonte del país otomano parece más bien inquietante.
Pero ¿a qué se debe la negación del “no”, la demonización de esta palabra en el enrevesado vocabulario político turco? Todo parte de una ambiciosa apuesta que el Presidente Erdogan quiere ganar. Se trata de la reforma constitucional impulsada por su formación política, el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), cuyo principal objetivo es sustituir el actual sistema parlamentario por un régimen presidencialista, que confiere plenos poderes al Jefe del Estado.
El partido liderado por Erdogan dio el primer paso hacia la reforma de la Carta Magna tras alzarse con la victoria en las elecciones generales de 2011. Sin embargo, el Parlamento logró neutralizar las maniobras del AKP. En 2014, tras la elección de Erdogan en el cargo de Presidente de Turquía, las propuestas de cambio empezaron a proliferar. Algunos de los allegados del Presidente decidieron tirar la toalla. Es el caso del exprimer ministro Ahmet Davutoglu, incondicional aliado y reservado confidente de Erdogan, que dimitió en mayo del pasado año, a raíz de un enfrentamiento sobre la posible, aunque no hipotética supresión del cargo de Jefe de Gobierno. ¿Mero conflicto ideológico? El porvenir nos lo dirá. Lo cierto es que el proyecto que será sometido a referéndum el próximo día 16 de abril contempla 18 enmiendas constitucionales, que deberían allanar la vía hacia un sistema más rígido (o autoritario) que permitiría a Erdogan mantenerse en el poder hasta 2029.
Huelga decir que esta iniciativa está avalada también por el ultra derechista Partido de Acción Nacionalista (MHP). Aparentemente, la derecha confía que el cúmulo de poderes sería mejor garantía para “poner fin al terrorismo”. Un terrorismo existente o fomentado, según los casos. Cabe recordar que el coqueteo de Ankara con el Estado Islámico ha debilitado las estructuras de las habitualmente temibles servicios de inteligencia turcos. Las purgas llevadas a cabo después del fracaso de la intentona golpista del pasado mes de julio han acentuado aún más el malestar. Frente al actual estado de cosas, la derecha ultranacionalista reclama una política de “mano dura”.
Mientras los politólogos barajan las posibles consecuencias de la victoria de un “sí” en el referéndum del mes de abril, ya que el “no” ha desaparecido casi por completo de la publicidad, de la televisión, de las librerías – situación un tanto anacrónica para un país que se reclama moderno y democrático, los analistas financieros centran su interés en el “cansancio” de la economía turca. Los síntomas son a la vez múltiples y preocupantes: disminución del turismo, depreciación de la libra turca, éxodo de las compañías extranjeras, incremento de los aranceles y los impuestos sobre las actividades económicas, aumento de la tasa de paro.
El Gobierno ha optado por jugar la baza de la “seguridad”, fomentado el miedo y la incertidumbre. Malos augurios para un país llamado a… cambiar de rumbo. Pésimos augurios para el comatoso kemalismo.

Imaginemos plantar un árbol con tan sólo realizar una búsqueda en internet. Esta es la premisa bajo la que trabajan en Ecosia. Un buscador ecológico y verde que ayuda a convertir las miles de búsquedas diarias en una eficaz ayuda al medioambiente. Su voluntad es donar el 80% de sus ingresos por publicidad a distintos programas para la plantación de nuevos árboles.
Ecosia ha conseguido plantar más de seis mil millones de árboles desde su creación hace ocho años. Tardan once segundos en plantar un árbol.
Su funcionamiento es sencillo. Primero hay que registrarse en su página web y después comenzar a utilizar el buscador como con Google o Yahoo. Los ingresos se generan con los anuncios al lado de las búsquedas. Una acción que realizamos todos los días y que ahora, además, ayuda a conservar el medioambiente.
Sin embargo, no todas las finalidades de la red responden a buenas intenciones. Internet surgió en los años sesenta a raíz de la necesidad de encontrar una fórmula eficaz y accesible para una comunicación universal. Un proyecto ambicioso que ahora forma parte del estilo de vida de casi todo el planeta.
En la actualidad es imposible imaginar una realidad alejada de internet. Nuestros actos cotidianos giran en torno a una red universal de contactos y comunicación. Tanto para compartir de manera pública cuántos kilómetros has recorrido hoy como para hablar desde el extranjero con tu madre hospitalizada. Ya no concebimos igual un concierto si no lo compartimos, ni debatir sobre política si no es por las redes sociales.
Este nuevo estilo de vida supone a su vez un riesgo. Cedemos de manera gratuita nuestros datos a cambio de supuestas facilidades. De ello se aprovechan las grandes empresas virtuales como Google, Amazon, Facebook, Apple, Microsoft y Yahoo. Gigantes de la red que se erigen como los dueños de una red sin dueño ni control.
Además, estos patrones gozan de buena imagen debido al sentimiento de necesidad que ellos mismos generan. Se sitúan entre las compañías económicas más poderosas del mundo. Al igual que a empresas textiles se les crítica y exige una política alejada de la explotación infantil, se hace una excepción con los supuestos dueños de internet.
Pero toda fortuna requiere, o eso parece en la actualidad, de malas praxis. Google fue acusado por la Unión Europea de «posición dominante» a la hora de favorecer precios con su buscador, tal como asegura el periodista Alberto Palomo. Reciente es también la sanción de Bruselas a Apple. Está acusado de beneficiarse del paraíso fiscal residente en Irlanda y condenado a pagar 13.000 millones. Palomo recoge la opinión de la autora del libro “¿Por qué pagas más impuestos que Apple?”, Mercedes Serraller, que asegura que estas empresas se benefician de la eclosión digital que vivimos.
La información que mostramos de manera pública se utiliza como base de conocimiento para identificar nuestros gustos y preferencias para toda aquella empresa que busque en nosotros un cliente potencial. Al igual ocurre en situaciones de máxima seguridad. Si, como dicen, han sido capaces de hackear los correos de Hillary Clinton para sabotear las elecciones norteamericanas ¿qué no podrán hacer con ciudadanos corrientes? El espionaje es viejo, pero con las nuevas tecnologías regalamos nuestro escaparate interno.
Una buena idea inicial acaba por convertirse en justo lo contrario. La accesibilidad que nos da Amazon en un principio acaba por convertirse en la ruina de pequeños empresarios. Esa red que buscaba abarcar las máximas variables posibles acaba por reforzar a los monopolios. En lugar de alcanzar la diversidad, ha creado una cultura egoísta, sin dueño ni control.